Warning: A non-numeric value encountered in /homepages/38/d503864995/htdocs/renovacentia/wp-content/themes/Divi_antigua2/functions.php on line 5611

En este post se da la visión más negativa de la innovación, sacando a la luz sus dificultades e incoherencias. Iniciar procesos de innovación sin la reflexión oportuna, como necesidad de mejorar una situación problemática puede ser un error. Anteponer los medios a los fines es incorrecto. Dar más protagonismo a tirar muros entre aulas o a la incorporación temprana de dispositivos en las clases frente a la manera de concebir los procesos de enseñanza-aprendizaje y de evaluación es otro error. Lo que acontece en las aulas es lo más importante y lo que debe marcar el rumbo: la incorporación de metodologías activas que traen nuevas formas de relacionarse entre los componentes del grupo, nuevas formas de plantearse las actividades, nuevos roles que debe asumir el alumnado y el profesorado….Estos cambios invisibles a priori, son los que deben justificar la aparición de super-aulas de proyectos, tabiques transparentes, tablets y portátiles en las aulas, y muchas cosas más que irán surgiendo como necesidad al cambiar las metodologías. También la falta de seguimiento y por ende de consolidación que se evidencia en los proyectos de innovación es una barrera que hay que salvar en estos contextos.

Metida de lleno en el ámbito profesional de la innovación educativa, no dejo de asombrarme… veo, contrasto y palpo diferentes experiencias de innovación puestas en marcha de gran valor, pero también identifico grandes incoherencias que se viven y se “venden” como lo mejor innovación, y sin embargo, pueden llegar a ser grandes rémoras para los centros.

La innovación entendida como proceso de transformación tiene sentido cuando pretende dar solución a problemas, que de manera reflexiva se han identificado. No tiene sentido innovar per sé. La innovación debe ser un medio para alcanzar una finalidad, no un fin en sí mismo.

La sociedad ha cambiado considerablemente, los ciudadanos requieren otro tipo de formación, y esa es la razón que justifica muchos procesos de cambio que realmente son necesarios en los escenarios educativos. Los centros no pueden perpetuar los modelos de enseñanza que se utilizaban en el pasado, cuando la sociedad era otra y las circunstancias muy distintas a las actuales. Ésta es una razón que justifica la innovación, pero no cualquier innovación, ni tampoco llevada a cabo de cualquier manera.

Sorprende ver que en muchos centros se introduce la tecnología (pizarras interactivas, tablets, portátiles, plataformas virtuales para el aprendizaje…) sin la formación necesaria que debería haber recibido su profesorado para hacer un uso realmente eficiente y eficaz de estos recursos. Se introducen los dispositivos pero no hay la conectividad adecuada que soporte su uso; surgen problemas y dificultades técnicas de usuario, y el profesorado no es capaz de subsanarlo…Me sorprende ver que se tiran muros, se instalan tabiques transparentes, sin saber realmente qué finalidad se busca en ello. Preocupa pensar que la incorporación de nuevos recursos, en este caso las herramientas tecnológicas, o los cambios en la configuración de los espacios, pueda ir por delante como motor de cambio, de lo que es la transformación pedagógica, en los procesos de enseñanza-aprendizaje. Solo desde un cambio de paradigma del modelo formativo, tiene sentido la incorporación de nuevos recursos, nuevos escenarios o nuevas organizaciones y estructuras en los centros.

No se puede caer en el error de convertir los medios en fines, porque entonces habremos confundido el rumbo pedagógico que un centro debe trazar.

He llegado a la conclusión de considerar las innovaciones de dos tipos, las visibles y las invisibles. Las primeras impactan visualmente, son estéticas, se venden bien, están de moda, imprimen modernidad al centro. Todas ellas frente a las que no se ven, porque acontecen en las aulas, se basan en nuevas formas de plantearse los aprendizajes, en nuevas maneras de interaccionar entre alumnado y profesorado y entre compañeros/as, con diferentes tipos de  actividades; en cierta medida estas innovaciones son invisibles, aunque son realmente potentes.

Pero no se puede caer en el error de “empezar la casa por el tejado”. El motor del cambio debe estar en el modelo pedagógico; hay que empezar a transformar las metodologías y la evaluación, y en ese proceso de cambio, surgirá la necesidad de incorporar tecnología, nuevos espacios y mobiliarios. El primer paso debe ser sin duda la formación del profesorado, a gran escala, para poder asumir las transformaciones, primero invisibles, y luego las visibles.

Otra incoherencia que se detecta claramente, y quizá pueda considerarse la verdadera barrera de todo proceso de innovación; es la falta de consolidación a la que se ven avocados todos los procesos de innovación. Se inician con gran entusiasmo, pero no se les da el seguimiento que requieren, y por consiguiente no llegan a consolidarse. Transcurrido un tiempo, sin haberse instalado la gestión del cambio iniciado, se comienza un nuevo proyecto de innovación, que en su fase de arranque es muy activo, pero que está nuevamente destinado a morir por la falta de formación en ocasiones del profesorado, y casi siempre, del acompañamiento que el proceso requiere, hasta  nuevamente evidenciarse otra vez la falta de estabilidad en la consolidación. Se comienzan ciclos inconclusos de manera continua.

Este efecto genera un desgaste absoluto en el profesorado, la sensación de “abrir” nuevas líneas pedagógicas con mucha frecuencia, pero sin el análisis de impacto, reflexión y consolidación que sería necesario para avanzar sobre seguro.

En estos términos, la innovación es muy costosa, y lo que se pone en juego es la motivación del profesorado, que puede llegar a romperse por tantos arranques enérgicos que van a la deriva una vez puestos en órbita, hasta que sin cauce, comienza de nuevo otra sacudida al iniciarse un nuevo proceso que como en veces anteriores, jamás se consolidará.